Mi experiencia con la “comunidad” Osho (II)

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Recuerdo que por aquellos días empezaba a tener la percepción de que lo que ocurría en el interior de ese centro de meditación era “de otro mundo”. Toda esa gente tan “sensible”, “perceptiva” y con un grado de percepción sensorial “tan alta” que parecían tener muy claros los aspectos de la vivencia humana y la espiritualidad…

Cuando se daban lugar las sesiones de Reiki había gente que gritaba y tenía “liberaciones emocionales”, las que eran atendidas por unos pases de manos especiales por parte de los practicantes u ocasionalmente el maestro, que se levantaba de su sitio a la cabecera de la sala para acercarse a alguna de las personas que estaba “en catársis”.

Recuerdo que, el primer día que acudí a reiki, en una repisa del pasillo había unos panfletos sobre el centro de meditación y en la parte trasera de los trípticos estaba la imagen de Osho y tres párrafos sobre él en los que se afirmaban lo importante que era, quién le había nombrado hombre del año o persona india influyente del siglo o no se qué por el estilo…

221945_192830004093461_2100304_nPor supuesto, no mencionaban nada de su ejército privado en su mega-pueblo-con-su-mismo-nombre en Oregón, ni su arsenal de armas, ni su laboratorio químico y bacteriológico, ni sus 93 rolls royce (aunque después oiría más adelante a sus discípulos de primera mano contar historias sobre algunas de estas “nimiedades”) ni las acusaciones con pruebas de niños que vivieron en su comunidad y que fueron negligidos, ni el ataque con salmonela que sus discípulos organizaron bajo sus órdenes sobre la localidad vecina al “ashram” en Oregón para intentar hacerse con el poder en las elecciones locales y que la comuna no fuese investigada y cerrada… nada de nada. Yo de aquella no sabía más que el hecho de que ese hombre era “especial” por algún motivo y que estaba “iluminado”, cosa que de momento solo era una palabra muy interesante para mí de la que no sabía nada.

Más tarde me enteraría de que la “iluminación espiritual” era un estado “especial” en el que la persona que estaba iluminada se percibía a sí misma indivisa del resto de la existencia y con ello obtenía un estado de paz permanente y cese de lucha. Obviamente, de aquella no tenía ni idea de lo que era el solipsismo y los efectos devastadores de esta ideología en la psique humana, ni tenía idea de que el trance solipsista era la supuesta iluminación que este “maestro” tenía.

En aquellos días lo único que me importaba era sentirme bien. Esta era una necesidad imperiosa en mí, porque debido a una concatenación de eventos dolorosos, me había frustrado profesional, personal, emocional y familiarmente en el transcurso de unos pocos meses debido a los eventos que habían ido sucediendo en mi vida.

Era un momento en el que yo era profundamente vulnerable, ya que mi sentido de la identidad, mi sentido de la moral y sobretodo mi confianza en que sabría salir de aquella extraña situación en la que me encontraba estaban tambaleándose.

Reconozco que mi naturaleza curiosa, crítica e investigadora, en aquellos tiempos quedó eclipsada por la supuesta bondad y espiritualidad de las personas que había en aquel “rinconcito de cielo en la tierra” que era el centro de meditación en el corazón de Barcelona.

Comenzaba por aquel tiempo para mí el proceso de quiebre mental (del que por supuesto no sabía nada) fundamentado en la fusión y confusión de la percepción y la realidad.

En mi vida, hasta entonces, nunca me había planteado que las sutiles sensaciones e impresiones interiores que uno siente a diario tuviesen importancia alguna en lo que es mi diario vivir con las personas, con el violín, con los estudios y el trabajo… etc sencillamente ni me lo había planteado.

Pero a las pocas sesiones de meditación y reiki, escuchando hablar al “maestro” que llevaba el centro y a los discípulos y practicantes, empecé a entender que las percepciones sensoriales interiores eran lo único realmente importante de la vida, o al menos eso parecía.

Es decir, que las sutiles sensaciones y percepciones que yo tenía, de alguna manera “mágica”, si fijaba mi atención en ellas lo suficiente y evitaba pensar y dejar que mi mente interfiriese, eso provocaría cambios en mi vida y me procurarían sanación y profundidad como ser humano.

Qué decir, que a estas alturas mi sentido del discernimiento y mi sano juicio estaban haciendo aguas por todas partes y yo parecía no darme cuenta de ello. Solamente recuerdo que aquello me parecía sensato y además debía de ser fácil, porque a los que veía por ahí en el centro parecían todos muy meditadores, espirituales, vestidos de colores blancos y hablando en un tono de voz muy “suave y amoroso” que me contrastaba mucho con el tono normal de las personas de fuera del centro, que gradualmente comenzó a hacérseme un tono duro, insensible, característico de las personas “inconscientes”.

Todos estos razonamientos se derivaban o bien directamente del discurso del maestro, su comportamiento o de sus indirectas proposiciones sobre el humano y la vida.

Pero de donde provenían especialmente era del grupo de acólitos entorno al maestro y de la ideología de Osho en última instancia. Como digo, mi sentido del juicio y discernimiento fué entrando en estado de default, es decir, en bancarrota, desbancado por un nuevo sentido de no-juicio, de aceptación total propugnada no solo por las palabras y las sugestiones del comportamiento de este nuevo “mundillo” en el que me estaba introduciendo, sino por la ideología de fondo que permeaba y permea todo ese movimiento, la ideología de Osho, de la que yo, no tenía ni idea y no descubriría hasta unos siete años después su base: el solipsismo.

Habiendo hecho este inciso sobre mis impresiones subjetivas de esas primeras semanas, retomo el hilo narrativo…. ah sí, el primer taller de codependencia y sanación del niño interior.

Recuerdo que pocas semanas antes del taller hubo una charla por la tarde en la que “el maestro” del centro de meditación, – un hombre de singular apariencia física, discípulo de Osho, cuyo nombre en castellano era un misterio (ahora ya entiendo por qué, porque resultaba ser un nombre bastante común y mucho menos “especial” que el que tiene dado por Osho.) y que se hacía llamar por un nombre entregado a él mediante una celebración de iniciación al sannyas, a ser discípulo de Osho – explicó, en su característicamente impostado tono de voz (hecho que en aquel tiempo me tenía fascinado porque pensaba que su voz era el reflejo de un profundo estado de amor, conocimiento y elevada evolución espiritual) algunas de las cosas relacionadas con el taller que tendría lugar en las faldas de los pirineos catalanes unas pocas semanas después.

EXPLORANDO MI MODELO DE LAS TRES CAPASExplicó cosas muy generales respecto de las emociones y también delineó un modelo muy simple de tres capas en las que, o al menos eso me pareció a mí, todo parecía en realidad ser muy sencillo: en realidad las cosas difíciles y dolorosas en nuestras vidas tenían que ver sí o sí con una parte de nosotros mismos llamada niño interior (del que disponía de una versión peluche de color rojo) y que si conocíamos esa parte y la podíamos sanar o “integrar” todo iría bien, ya que el estado de no sanación era el que producía por algún fenómeno especial el que atrajesemos cosas desagradables a nuestras vidas.

Bajo este supuesto niño interior que mencionaba estaba la esencia, eso que realmente “somos”, un conjunto de cualidades positivas vinculadas a la primera infancia tales que amor, confianza, vitalidad y un largo etcétera que eran equiparadas con las cualidades que portamos al venir a este mundo y que se ven fuertemente en nosotros los primeros años de vida, hasta que aparece la mente (que poco tiempo después descubriría que en este mundillo era la versión del diablo de la iglesia católica, es decir, el enemígo público nº1) y nubla todas esas bonitas cosas que somos generándonos una capa de protección que es con la que nos protegemos sí o sí de sentir las cosas dolorosas en nuestras vidas.

Yo a estas alturas de mi vida, con 21 años, no me había parado nunca a pensar sobre todas estas cosas y me pareció una muy buena idea acudir al taller para intentar aprender más sobre mí mismo en este nuevo “ambientillo” que estaba descubriendo lleno de gente “espiritual”.

Yo lo que quería saber era cómo sanar (ya tenía claro de que había algo no sano en mí que había que sanar), cómo sentirme a gusto conmigo mismo, reencontrar mi identidad y propósito en la vida, etc…

Así que un buen día me subí a un bus dirección norte y llegué al pueblo más cercano a la masía en la que se celebraría el taller, allí me encontré con más personas que también iban y cogimos un taxi juntos lo que quedaba desde el pueblo al lugar, unos cuantos kilómetros aún.

Al llegar había unas cuantas personas de pie frente a la puerta a las que aún no conocía. Estaban delante de la masía de piedra antigua, en un entorno con unas hermosas vistas, aunque aquel día recuerdo que no hacía buen tiempo y no se podía disfrutar del entorno en todo su potencial.

Recuerdo que saludé y me indicaron de subir unas escaleras a la segunda planta de aquella masía, recuerdo también que me sentía como los niños pequeños cuando van al cole las primeras veces, entre expectante, algo desconfiado y acobardado.

No obstante, subí aquellas escaleras y acabé llegando a una sala muy grande que era una especie de distribuidor, del que había puertas a muchas distintas estancias, presumiblemente habitaciones, a la sala que usaríamos como sala de “trabajo” y los espacios comunes de duchas y demás.

Ahí estaba el maestro sentado tras una mesa grande, hablando y abrazando a otras personas recién llegadas. A mí también me saludó y me explicó donde me quedaría a dormir y a qué hora empezaríamos aquella tarde.  También me dijo que le pagase ahí mismo antes de comenzar para dejar el tema despachado y así lo hice.

Mis primeros poco menos de 500 euros invertidos en terapia, recuerdo que pensé: “a ver si me sirve de algo todo esto”.

Continua en la parte III…

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