[:es]¿Vivimos en una sociedad niñofóbica?[:]

[:es]Una de las cosas que más constato con asiduidad es el deseo de muchos niños con los que trato de hacerse mayores, cosa que me pasaba a mí también cuando era pequeño.

Teóricamente, la infancia, es ese período de la vida donde “no hay preocupaciones”, todo está “servido” y lo único a hacer es “portarse bien”, disfrutar, aprender de los mayores y crecer.

De ser tan tolerante y utópica la infancia, me pregunto por qué muchos de nosotros queríamos escapar de ella cuanto antes y volvernos “mayores”.

Muchos teníamos esa idea secreta de que cuando fuésemos mayores nadie podría tratarnos como lo estaba haciendo cuando éramos pequeños. Esa sola idea resulta para muchos un poderoso impulsor para sobrellevar muchas circunstancias a las que da pie nuestra sociedad niñofóbica.

Que ¿por qué sostengo que vivimos en una sociedad niñofóbica, o una sociedad que discrimina a los niños y jóvenes? Aquí los argumentos:

Primero de todo, vivimos en una sociedad que discrimina a los niños y jóvenes por la forma paternalista, condescendiente y abiertamente hostil con la que tratamos, psicológica, verbal, emocional y físicamente a los niños y jóvenes.

Plantéate el hecho de que los adultos se permitiesen tratar a otros adultos de la misma forma que tratan a sus hijos, es completamente impensable.

Pueden hacerlo únicamente porque los niños y jóvenes son vulnerables, dependientes económica, emocional y psicológicamente de esos mismos adultos.

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque hablar del trato entre padres e hijos a este nivel es como meterse en Mordor. Y sí, lo va a hacer uno que no tiene hijos por el momento, y sí, me da igual lo que los padres que lo lean piensen que eso invalida mi argumentación. No, no lo hace.

El respeto,  es respeto.

Hay padres que hoy en día, en el año 2016 “consideran normal” pegar, insultar, humillar, hablar con desprecio a los niños, niñas y jóvenes.

Fundamentalmente consideran que la violencia física, emocional y psicológica hacia los niños está legitimada como un “modo de educar” y que mágicamente, como resultado obtendrán a un niño y joven que cuando crezca será un ciudadano ejemplar, respetuoso, abierto, tolerante y un largo etc…

¿Ejercer violencia contra seres vulnerables y dependientes en su fase formativa es “educar”? ¿Estos mismos adultos que están “educando” se permitirían pegar, humillar, ningunear y menospreciar de ese modo a los adultos que tienen a su alrededor cuando esos adultos no son como a ellos les gustaría?

Dejadme que lo diga claramente. Vivimos en una sociedad niñofóbica porque fundamentalmente se repiten los abusos, el sometimiento, la agresividad y la humillación directa e indirecta que recibimos cuando éramos pequeños.

Sigamos con lo del tema tabú, de cómo “educa-trata” la sociedad a los niños, niñas y jóvenes. ¿Os plantearíais usar los mismos imperativos, el mismo tono de voz, las mismas “licencias” y formas con un adulto que con un niño?

Saludar, dar las gracias etc… no es cosa solo entre adultos o de los niños hacia los adultos, sino sobretodo de los adultos hacia los niños.

¿Acaso no se educa con el ejemplo?

Parecemos olvidar que los niños pequeños experimentan la realidad de una manera diferente que nosotros, que aquello que nosotros podemos considerar “irracional”, sus llantos, sus enfados, etc… tiene su propio sentido en su mundo y tratamos de “normalizarlos” y “adaptarlos” a nuestro modo de vivir, cuando en realidad, los que tenemos los conocimientos, experiencia, saber hacer y supuesta capacidad para adaptarnos somos los adultos. Y sin embargo no lo hacemos.

A menudo constato la facilidad con la que mi tono de voz y mi grado de exigencia dando clase de violín es inadecuado para los niños. Hago el deliberado esfuerzo de darme cuenta que son seres humanos del mismo status que los demás y que merecen el mismo respeto fundamental.

Y eso, que no hay color respecto de cómo yo trato a los estudiantes a cómo fuí tratado yo cuando yo lo era.

Sostengo que vivimos en una sociedad niñofóbica y jovenfóbica porque les suministramos drogas médicas para “calmarles” o para “espabilarles” como si fuesen trozos de carne que debiesen responder a nuestra voluntad.

Imagínate tan siquiera decidir por tu pareja suministrarle drogas médicas para “espabilarla/e” o “calmarla/e”… te mandaría a la mierda, y con razón.

Nuestras sociedades son niñofóbicas porque existen religiones que mutilan el glande de los niños y el clítoris de las niñas, les someten a rituales espirituales sin su consentimiento y les lavan el cerebro sin aún haber tan siquiera desarrollado discernimiento básico.

El niño considera a sus padres y a la familia como parte de sí mismo durante la infancia y buena parte de la juventud.

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque los padres están totalmente ahogados por los impuestos, teniendo que trabajar el 50% por ciento del tiempo para el Estado y no disponer de ese tiempo para sus hijos, tiempo que constituye el elemento fundamental para el proceso educativo básico de los niños y jóvenes así como para su salud emocional y psicológica; al mismo tiempo que ese mismo Estado permite que gente que no trabaja ni aporta a la sociedad valor alguno, se enriquezca fruto de la especulación con el valor del suelo dando “pelotazos” a pequeña o gran escala llevándose el dinero creado por todos a sus bolsillos privados.

Vivimos en una sociedad niñofóbica y jovenfóbica porque no alcanzamos a ver que tenemos un doble rasero de tamaño épico respecto de este grupo minoritario vulnerable y desprotegido:

¿Como se llama a la educación obligatoria o también llamada “reeducación” que diferentes regímenes totalitarios a lo largo de la historia han hecho con adultos que eran obligados a “educarse”?

Se llama lavado de cerebro.

¿Y para los niños y jóvenes, cómo lo llamamos? Educación básica obligatoria.

Porque les educamos obligatoriamente, eso sí, “por su bien”.

Con los niños, casi todo es una “excepción”. Para los niños es aceptable la educación obligatoria. No para los adultos, pero para los niños sí. Además queremos que luego de esos niños obligados crezcan adultos que no impongan su voluntad a los demás, ni vulneren la libertad de los demás.

Ni oir hablar de la educación respetuosa, de respetar los ritmos y procesos de aprendizaje, de la libertad o no de escolarización, de transformar un poco los colegios para que al menos no se parezcan tanto a los centros penitenciarios, enrejados hasta el techo.

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque olvidamos sistemáticamente que los niños, niñas y jóvenes son seres humanos de pleno derecho al igual que los adultos, cuya única diferencia estriba en su menor estatura física, su menor fuerza, su vulnerabilidad y su reducida experiencia de vida y de conocimientos debido a su corto período sobre la tierra.

Es decir, que son dependientes durante una temporada de otros seres humanos.

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque ni que decir que hay paises en los que los niños viven bajo terror toda su infancia, son sometidos a trabajo forzado, esclavizados, abusados, llevados a luchar por estupideces y una larga y triste retahíla de despropósitos y crueldades.

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque aunque los padres pagan por sus hijos el IVA de cada pañal, libro o prenda de vestir, se responsabilizan por ellos hasta el más mínimo detalle y la sociedad les afecta mucho más directamente (especialmente en lo referente a educación y sanidad) sin embargo no tienen capacidad para que su voto cuente proporcionalmente en las elecciones, cuenta lo mismo el voto de un soltero o soltera que el de una madre o padre con tres niños. ¿Tiene sentido? ¿Eso es respeto? ¿Eso es dar el mismo estatus a los niños, niñas y jóvenes que al resto?

Democracia sería, por lo menos, que el voto de cada recién nacido, niño, niña y jóven cuente lo mismo que el de cualquier adulto, aunque la potestad de llevar a cabo la votación vaya de la mano de los padres en un primer momento y bajo autorización familiar posteriormente hasta alcanzar la mayoría de edad legal.

Todos ellos van a estar afectados por la sociedad al igual que el resto, sean o no aún conscientes de ello, viven las consecuencias de las políticas y los cambios sociales del país en el que han nacido y están creciendo, sin embargo son excluidos. ¿Eso no es discriminatorio?

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque hasta el lenguaje es discriminatorio hacia los niños y jóvenes.

A los niños y jóvenes se les llama menores, adolescentes… nuestro lenguaje está completamente normalizado entorno a la infravaloración de la infancia y la juventud. Intenta llamar adolescente a alguien por la calle, a ver qué te dice o como reacciona. O no, mejor aún, llámale menor.

Palabras como infantil, mocoso, crío, imberbe, niñato tienen tan internalizado el desrespeto a la infancia que ni suponen consideración alguna por parte de la mayoría de la gente que las usa. Es “lo normal”.

Cállate, tú no tienes nada que opinar, esta conversación es de mayores… etc etc etc, luego nos podemos extrañar que la manera de canalizar el aislamiento y rechazo mezclado con la presión y las exigencias hacia la juventud, desemboque en comportamientos de escape mediante el uso de drogas, cambios bruscos de estado anímico etc…?

¿Podemos ponernos en la piel de los niños y los jóvenes por un rato? ¿Querría alguno de los que leen esto ver un vídeo de un día convencional siendo niño, con todas las frases, comportamientos y vivencias que se acumulaban en su vida en el transcurso del día?

Vivimos en una sociedad niñofóbica porque tenemos un mundo diseñado por adultos, para adultos. Es como hace tiempo (y por desgracia en la actualidad aún sucede) que los accesos a los edificios ni contemplaban a las personas con necesidades especiales). Eso es discriminación, llanamente.

Los adultos no pueden soportar el llanto de un niño en el tranvía de Paris o en cualquier otro, no porque sean mala gente, sino porque es el mismo llanto que a ellos no les fué permitido por la sociedad niñofóbica en que vivieron.

Más aún, cuando los niños consiguen más o menos sobrellevar esta jungla para adultos fuera de casa, todavía tienen que capear las tendencias más o menos equilibradas de todos los padres, que aún con toda la buena intención del mundo hacen “n’importe quoi” como dicen aquí en francia: usar a los hijos como escaparate de su estatus, manipularles para suplir sus propias carencias emocionales y un largo etcétera.

Hasta tal punto está normalizado este odio más o menos velado a la infancia que hay sitios que prohiben la entrada con niños, la gente no tiene problema alguno en decir: “a mi no me gustan los niños (como si hubiesen nacido con 30 años)” y aquí nadie se extraña de nada, es todo muy normal.

La sociedad niñofóbica en la que vivimos, bajo mi punto de vista se fundamenta en el siguiente axioma:

Si yo no pude, los demás que se fastidien, tampoco les dejaré. Yo no pude ser libre… pues ellos tampoco. Y así se continua esta rueda de niñofobia.

Plantéate por un instante si te permitirías hablar o tratar con cualquier adulto desconocido o medianamente conocido de tu vida tal y como lo haces con los niños, ya sean tus hijos o niños conocidos.

Y a partir de todo esto, qué esperamos, ¿ciudadanos modélicos? ¿seres humanos respetuosos, amorosos, capaces de llevarse en buenos términos con los demás? ¿gente con una autoestima sana y equilibrada? ¿de verdad?

Mucho se ha hecho y mucho queda por hacer para conseguir que las mujeres sean consideradas igual a los hombres, mucho se ha hecho y mucho queda por hacer para que lo mismo pase con los homosexuales, las minorías de todo signo.

Cuando comencemos a tomar consciencia de la dimensión real del daño que nos hacemos a nosotros, a los niños y jóvenes, por tanto, a nuestro futuro y al futuro de todos, cambiaremos nuestra forma de relacionarnos privada y públicamente con los niños y jóvenes y como resultado alcanzaremos una sociedad más libre, respetuosa y considerada a nivel, individual, colectivo y medioambiental.

Hay mucho que hacer en este sentido.

Dedico este escrito a todos los niños, niñas y jóvenes y a mí mismo cuando lo fuí.

kidsDraw

Saludos

Marko Vlahovič[:]

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