Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín IX. (Final)

Este último tramo voy a hablar del presente y de lo que la escuela rusa-soviética del violín no ha conseguido conmigo.

Han tenido que pasar 15 años, para que pueda con perspectiva analizar, sentir y verbalizar lo acontecido entre los 5 y los 17 años.

Intenté escribir sobre esto hace unos años y no pude ni terminar un capítulo.

Ahora se ha gestado y madurado y lo he escrito en menos de 15 días.

Entremedias de este proceso de 15 años de análisis ha habido no solo una rememoración de lo acontecido, sino una profunda puesta en cuestión de los pilares básicos sobre los que se ha sustentado mi educación musical.

Ha habido también un replanteamiento sobre cuáles debieran ser las bases sobre las que todo proceso educativo del violín y educativo en general debiera construirse.

Y sobretodo ha habido una completa discontinuidad entre lo que yo recibí y mi manera de abordar las clases con mis alumnos de violín, por suerte. 🙂

Soy consciente de que para muchos, estos textos no tendrán valor alguno, dirán que soy un ingrato, un fracasado o un débil que debería estar agradecido de lo recibido. Espero por el bien del alumnado que aquellos que me quisieran decir eso no sean profesores de violín, porque en ese caso significaría que no nos hemos movido demasiado hacia delante y los alumnos de hoy en día corren riesgos para su salud mental, emocional e incluso física.

Lo que la escuela soviética de violín no ha conseguido conmigo es mucho:

No ha conseguido mantener cerrado mi corazón e instalada una coraza de ego de superioridad.

No ha conseguido que me olvide de que la música y el sentir musical están en mi interior.

No ha conseguido destruir mi autoestima y que me culpe de todo en todo momento.

No ha conseguido que me pliegue indefinidamente a su voluntad a adorar un mundo del violín clásico que tiene un déficit de honestidad y humanidad importante.

No ha conseguido que adore tocar cada nota con un vibrato gigante para esconder mi afinación bajo ese paraguas.

No ha conseguido que odie a mis compañeros y compañeras que tocan mejor que yo ni que trate con condescendencia a los que lo hacen peor.

No ha conseguido que vea a los españoles como inferiores o menos valiosos.

No ha conseguido que renuncie a disfrutar mientras toco el violín.

No han conseguido convencerme de autocastigarme teniendo sesiones de irrespeto con ellos llamadas “clases de violín”.

No ha conseguido educarme en sus protocolos, modos y formas.

No ha conseguido mantenerme temeroso de decir la verdad y alzar la voz.

No ha conseguido mantenerme adorando imágenes de violinistas inhumanos.

No ha conseguido venderme su estilo musical. Ni su comunismo ni su totalitarismo.

No han conseguido venderme que el violinista viene antes que el músico y antes que el humano.

No han conseguido convencerme de que les necesito para poder tocar, mejorar, disfrutar y generar momentos de conexión musical plena, en los que el tiempo se para mientras toco.

No ha conseguido que dañe a una nueva generación de violinistas como ellos lo hicieron.

Y sobretodo, no han conseguido que deje de disfrutar de la vida, de la música y del violín.

Saludos.

 

Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín VIII.

Este fue mi último concierto “a solo” antes de irme de Asturias. Luego tocaría al final de año el doble concierto de Bach con mi compañero ucraniano como solistas con la orquesta.

Me gustaría detenerme en narrar cómo era el “ritual” que acontecía previo a la audición cada vez que estas tenían lugar:

En el auditorio del conservatorio de Oviedo nos dábamos cita una hora y media o dos antes de la audición o concierto y todos los alumnos hacíamos un pase entero o parcial de lo que tocásemos ante la profesora y los alumnos allí presentes.

A veces he tenido que presenciar escenas surrealistas. Amigos y amigas míos que se quedaban bloqueados o estaban inhibidos y la profesora se enfurecía con ellos y los ponía “pingando” allí mismo. Gente hundida y llorando. Justo antes de una audición o concierto.

A veces al que ponía pingando era a mí, pero desde que quebró mi voluntad siendo muy pequeño, la profesora nunca me volvió a ver llorar de nuevo.

Cuando era muy pequeño me caí y se me desprendió completamente la uña del dedo anular de la mano izquierda. Eso provocó que mi uña del dedo anular naciese posteriormente algo más arriba que antes, provocando a veces que con un exceso de presión la uña se encarnase si la uña no estaba bien cortada.

De hecho esto es lo que me pasó en uno de esos ensayos de última hora en el auditorio. Se me quedará grabada la cara de la señora seguramente todo el resto de mi vida. Dejé de tocar, bajé del escenario, me dijo que qué pasaba, le enseñe el dedo con sangre y el mastil con restos de sangre también.

Me echó una mirada de odio de esas que fulminan y no me dijo nada. Le daba igual, lo único que había en su cabeza era el objetivo, su juego de ajedrez.

Luego de eso fui al baño, el dedo dejó de sangrar, me limpié y evidentemente toque en la audición, con el dedo inflamado intentando evitar apoyarlo del lado derecho.

Aquella experiencia de ver a gente que aprecio y que me importa pasándolo mal cuando se supone que están allí porque quieren y porque quieren aprender a expresar su individualidad a través del violín era duro de tragar…

En cualquier caso, casi siempre había de todo, pero todos estábamos bastante acojonados, aunque evidentemente nadie dijese nada. Eso era “lo normal”.

Y el Conservatorio siguió fielmente guardando silencio institucional.

Luego, como habitualmente había otra gente que también quería hacer un ensayo de último minuto, nos retirábamos a unos camerinos que estaban conectados por una red de pasillos al escenario.

Allí la profesora se quedaba uno a uno con las alumnos y en esos pequeños camerinos de tres por dos metros nos hacía recomenzar las obras. Ahí se ponía especialmente nerviosa, le parecía que todo iba mal y gritaba y aún me ponía más nervioso antes de salir a tocar en público.

Una buena dosis de “humanidad” servida “a la soviética” justo antes de empezar. Esta era y es la “educación” de la “escuela rusa” de violín.

Eso y el tema de tocar de memoria. Creo que fue ese tema el que comenzó a ayudarme a recuperar mi voluntad secuestrada hasta entonces.

Yo desde la horrible experiencia con el concierto de  Wieniawski había pillado pánico a salir a tocar de memoria.

No debería haber salido a tocar con fiebre, con esos tempos, el concierto de memoria.  Hay tantas cosas que “no deberían” haber ocurrido que llenaría muchas hojas. Por desgracia ocurrieron.

En cualquier caso, el éxito de haber sido seleccionado y contratado para la orquesta en Gijón fue decisivo, porque a partir de ese momento me sentí como si hubiese recuperado de golpe y porrazo una buena parte de autonomía.

Me dieron de alta en la seguridad social y cobraba al mes entorno unas 90.000 pesetas  aproximadamente 500€, no poca cosa teniendo en cuenta que se trabajaba una semana al mes. Al menos así lo veía yo con 16 años en ese momento.

Eso me hizo plantarme por primera vez en 11 años y negarme a tocar obras de memoria que había aprendido en escasos meses y con el despliegue de agenda que ya mencioné anteriormente. Mi exprofesora se puso como una fiera, pero en realidad no podía hacer nada salvo bajarme la nota, cosa que hizo.

El hecho de que me pusiese a trabajar en la orquesta mezclado con este hecho no lo pudo digerir con facilidad. Hubo un momento claro en el que me di cuenta de que yo dejaba de ser la torre principal en su juego de ajedrez.

Fue justamente a raíz de estos eventos. Ella estaba empezando a perder el control sobre mí y trasladó su inversión social hacia mi compañero ucraniano.

Entre que me negué a tocar de memoria, que decidí presentarme por mi cuenta a las pruebas de orquesta y las conseguí hacer y el hecho de que dejé caer que estaba interesado en irme a estudiar al extranjero…. zas! defenestrado.

Hubo unos últimos meses de mis clases con ella que previendo que me iba a ir al extranjero dejó de prestarme atención por completo. Las clases me las empezó a dar como al grupo de españoles a los que consideraba de facto sin talento con los que “no podía hacer nada”.

Curiosamente, dado que mi síndrome de Estocolmo aún no había hecho aguas, experimenté esos meses como un intenso abandono emocional. Mi profesora amada ya no me hacía caso, yo había caído en desgracia, como se suele decir.

Aun y con todo, coincidiendo con el hecho de que esta señora llevaba 50 años “educando” alumnos a tocar el violín, le preparamos, junto con otros compañeros y compañeras una “sorpresa”.

Peleamos con uñas y dientes para que el conservatorio permitiese un recital “de los alumnos de X” en el que saliésemos solo nosotros, con un cartel que yo ayudé a confeccionar. Flores, piezas de bis de cuarteto y grupales, etc etc etc gente que ya había terminado sus estudios de violín, venida de otros lugares de España incluso. En fin, todo un reconocimiento a lo grande.

El vídeo lo tengo y no lo voy a publicar porque aparecen amigos y amigas, conocidos y conocidas que pueden no estar de acuerdo conmigo en nada o casi nada de lo que aquí escribo y no tengo intención alguna de dañarles ni vincularles conmigo ante la narración detallada que he desplegado aquí.

Yo ya no me callo y con mi silencio no protejo más a gente que daña en nombre de la educación, el prestigio y el violín. Basta.

Que cada uno lidie con su propia conciencia.

Yo haciendo estos relatos, tengo la mía por fin en paz completa. He hecho todo lo que estaba en mi mano para que se sepa que detrás de lo que parecía oro reluciente había una realidad bastante podrida e inhumana.

Termino estos relatos en el capítulo final…

Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín VII.

La estructura de una clase convencional era la siguiente:

Llegaba a clase, saludaba, (a menudo la profesora ni levantaba la cabeza para mirar o saludar, solamente miraba a quien tocaba) normalmente había alguien tocando, me sentaba, preparaba el violín y las partituras y esperaba a mi turno.

Cuando me llegaba el turno ella solía preguntar: ¿qué tenemos para hoy? y yo le contestaba el repertorio que me había puesto.

A menudo yo comenzaba la clase tocando escalas, arpegios y dobles cuerdas. Ella decía lo que iba mal, en ningún caso explicaba por qué iba mal ni cual era la solución, sencillamente decía desafinado tal nota y vuelta a empezar, pero esta vez bien.

Yo desconocí durante los 13 años de clase los términos por favor y gracias.

Luego siempre tenía algún estudio, en general varios. Yo cuando hago memoria no sé ni cómo con la falta de tiempo que tenía llegué a tocar esa cantidad de estudios: Mazas, Sevcik, Dancla, Fiorillo, Dont, Kreutzer, Gavinies y otros…

Yo tocaba los estudios en un estado de efervescencia de concentración para no fallar, con la esperanza de evitarme broncas, completamente ignorante de una realidad muy sencilla: tras tocar bien ese estudio me esperaba otro, más difícil para la próxima vez y luego otro.

Exactamente el mismo criterio era aplicable para los estudios. No se me explicaba por qué las cosas no iban bien, solo se me decía que estaba mal tal cosa y listo. No se explicaba qué había que entender para avanzar.

De hecho, durante los estudios fueron muchos los puntos focales de neurosis que desarrolle a causa de este método “sin método” que empleaba mi exprofesora y los otros soviéticos con los que dí clase: durante una larga etapa fue el pulgar de la mano izquierda que apoyaba mucho, luego pasaron a ser los cambios de posición de la mano izquierda los que eran un problema obsesivo, luego de eso vino una época en la que nada iba bien con la mano derecha, el spicatto, el vibrato, el stacatto, las dobles cuerdas y sigue y sigue.

Lo siento por el lector, por tener que leer todas estas cosas, pero la realidad era así y en realidad por quien más lo siento es por mí y mis compañeros.

No existía la calma en clase. Aun cuando no hubiese gritos, todo se hacía bajo presión constante.

Era tan extremadamente estúpido todos esos años de exigir que tocase más lento, cuando en realidad me ponía nervioso y aceleraba inconscientemente debido a la exigencia desmedida de la profesora o del profesor. Un círculo vicioso que no hacía sino aumentar.

Si los estudios estaban bien, se acercaba al atril y elegía otros, a veces me los hacía leer a vista. Nunca los tocaba ella.

Nunca me ayudó a preparar partituras para la orquesta o las agrupaciones de música de cámara en las que estaba, salvo cuando el profesor de esas agrupaciones también era soviético, para no quedar en mal lugar evidentemente. Una clara muestra más de discriminación hacia los docentes españoles.

No hay que olvidar que los regímenes totalitarios como el de Franco o el comunista, son regímenes basados en los favores, los clientelismos y los sobornos. El tráfico de influencias.

De hecho, basta con observar las relaciones que existen entre miembros de orquestas y el que hayan o no recibido clases de músicos con influencia en las mismas para ver por qué están ahí: enchufados. Por desgracia, aún en el siglo XXI hay mucho enchufe y red clientelar, eso son herencias de mentalidades antiguas basadas en un falso elitismo y una falsa superioridad.

La profesora tenía una manera bastante bruta y desagradable de tratar a los pianistas acompañantes, salvo a los soviéticos nuevamente. Cuando eran españoles, jóvenes o docentes españoles el trato lo podía notar claramente diferente.

Luego, desde que alcancé un nivel que mo lo posibilitase, siempre tuve algún movimiento de sonata o partita de bach y/o capricho de paganini. Aquí es donde la profesora ya introducía sus ideas musicales con mayor intensidad y presión mediante el canto. Ella cantaba y yo tenía que replicar su voz.

Lo que se buscaba es que yo frasease según can-gritaba (una mezcla de gritar y cantar). No que entendiese el por qué de ese fraseo o que yo pudiese desarrollar el mío propio. Nunca se me preguntó si un pasaje era cómodo o no. Si el fraseo me gustaba o no, si yo tenía algo que añadir o no.

Y al final venía ya fuese concierto de Mozart o el concierto romántico que estuviese tocando en ese momento.

De la clase el 98% del tiempo yo tocaba y el 2% del tiempo la profesora paraba para decir lo que no iba bien. Sino, lo “gricantaba” mientras yo tocaba.

Una práctica que podía sacarme de quicio y se repetía a menudo, era, que me paraba a cada compás. Yo subía y bajaba el violín. Los brazos se agotaban. Me sentía un auténtico fracaso y como no se me explicaba por qué pasaba lo que pasaba, el mismo proceso, tendía a repetirse en clases posteriores. Me ponía de los nervios.

Todas las clases las di de pie, incluso si no me encontraba bien. La silla era un elemento que yo desconocí en mis estudios de violín. A veces las clases podían alargarse hasta las dos horas, terminaba con una sudada y con las piernas agotadas de estar en el mismo sitio de pie (además se me prohibía moverme porque era malo para “la técnica”) y los dedos también agotados.

Era en esos momentos cuando la profesora veía que había llegado a niveles demenciales propios de su patológica ideología musical en los que, muy de vez en cuando, decía: pronunciado jarasho ( significa bien).

Nunca improvisé en clase, nunca tocamos a duo ella y yo, no debía mencionar que me gustaba música que no fuese clásica porque aquello era bronca asegurada.

Así eran las clases.

Ni decir que tocaba música celta porque me gustaba y me hacía disfrutar, eso era off limits. Si lo digo…. exacto, bronca.

Y en cuanto a las orquestas… Ella sabía que estaba en la del conservatorio obligatoriamente porque era una asignatura más, pero nunca me ayudó a preparar las partituras, aunque durante muchos años fui concertino de la orquesta.

Ella decía que la orquesta estropeaba el trabajo que hacíamos en clase.

No es de extrañar que hiciese las pruebas para la orquesta Millenium (la difunta orquesta sinfónica de Gijón) a escondidas, y cuando gané la plaza en la orquesta, me contrataron con 16 años, ella se enfadase muchísimo.

A medida que crecía y que pasaba el tiempo, esa coraza de ego rígido, intolerante y arrogante fue consolidándose entorno a mi profunda carencia de auto estima e inseguridad provocada por estos años de maltrato que la gente se empeña en llamar “escuela rusa de violín”.

Este crecimiento de la protección también trajo consigo ventajas, comenzaba a poder protegerme de los ataques y a mirar a otros lados para mi formación violinística.

En principio, mediante contactos y prebendas conseguí dar clases con un profesor soviético de avilés que no tardó ni 5 minutos en decir que mis manos estaban fatal y que había que comenzar de cero. Otro “figura”. Me trató con mucho desprecio e hice solo como 5 clases con él.

O también recibí clases en cursillos (evidentemente de pago) que me garantizaron la entrada en orquestas juveniles gestionadas por sujetos soviéticos. Así era: tu le pagas este curso a tu hijo y nosotros le metemos aquí.

El detonante de mi marcha de Asturias a Praga fue un cúmulo de cosas: yo estaba cursando bachillerato musical nocturno en el instituto Alfonso II de Oviedo. Al mismo tiempo estaba cursando grado superior en el Conservatorio de la misma ciudad y estaba contratado por la orquesta Millenium que realizaba un programa cada més en el teatro Jovellanos de Gijón.

Tenía mis clases de violín particulares los sábados, como desde hacia una década y adeás tenía mis sesiones de asthanga yoga dos o tres veces por semana para que mi espalda aguantase todo aquello.

Aún hoy me pregunto, cómo hice para sacarme el bachillerato en esos dos años de infarto, tocando de jefe de segundos violines de la Millenium el Requiem de Mozart, con los primeros hermosos y terribles compases del Lacrimosa para los segundos violines y al mismo tiempo estudiar en la misma época con mi profesora los conciertos de Wieniawski 2, Bruch y los 5 movimientos de la sinfonía española de Lalo.

Sin olvidar las audiciones que hacía con mi repertorio propio y hasta el hecho de que preparamos con un compañero ucraniano el doble concierto de Bach en Re m con la orquesta del conservatorio.

En cualquier caso es de lo acontecido con este compañero de clase que quiero hablar. Debía ser el penúltimo año, tras mi regreso de las vacaciones de verano, cuando llegué a la primera clase particular a casa de la profesora, unas semanas antes del inicio de las clases del conservatorio.

Había un chico nuevo de mi misma edad o una muy parecida, tocando muy bien, las mismas y piezas más difíciles de las que tocaba yo. Nos cruzamos en la puerta. En cuanto comenzó mi clase, la profesora no tardó nada en decir: bueno, empiezas superior y a mi aula ha llegado fulanito que toca mejor que tú siendo solo un poco mayor, por lo que tendrás que ponerte a su nivel. Él ya toca Vieuxtemps, la sonata del trino del diablo de Tartini y las variaciones Moses sul corde sol de Paganini.

Si hasta ahí había sido todo muy difícil, a partir de ahi pareció comenzar la subida al Everest.

La profesora comenzó (con toda su “buena intención” ) una campaña de acoso y derribo a compararme con este chico, al que le pille una tirria horrible. Nos hacia coincidir las clases, nos ponía las mismas obras, hacia venir al chico a mis clases en el conservatorio a mirar.

Él tenía una mucho mejor condición física que yo y unas capacidades técnicas mejores. Yo por otra parte tenía una cierta sensibilidad musical de la que él carecía en aquellos tiempos. La presión sobre los dos fue continua y brutal.

El que acabó por no tolerarla más fui yo. Encontré en la idea de irme a estudiar a Praga una idea con la que poner kilómetros entre yo y aquella situación, aunque fuese a costa de alejarme de mis amigos y de la chica con la que estaba por aquel entonces.

Si alguien viniese y me dijese, toma Marko, te doy 6 millones de euros y a cambio vas a volver a revivir una semana entera de aquella última época sin poder cambiar nada, tal como fue, le diría: Muchas gracias, pero te puedes quedar el dinero y yo me quedaré con mi paz de espíritu. Adiós.

Aquí con 16 años aún:

Continuará en la parte VIII…

Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín VI.

Uno de los muchos focos de conflicto entre mi exprofesora y yo era el tema de las audiciones. La España de los años 90, era un país que ni de lejos profesaba la devoción propagandística soviética por la música clásica, porque sus intereses históricos reposaban sobre otros menesteres.

No era como la recién caída unión soviética, que asignaba grandes cantidades de recursos a escuelas y profesorado especializado para dar muestra internacional de su “grandeza musical” vía propaganda institucional internacional.

En España durante muchos años yo acudía al colegio en horario partido de mañana y tarde. Al menos hasta los doce años, el fin de la primaria. Eso significaba que me pasaba de 9 a 17:30 en el colegio y luego iba al conservatorio.

Mientras mis amigos salían a la calle a jugar al balón o a estar juntos, yo rechazaba sistemáticamente salir, no por falta de ganas, sino porque era incompatible, no podía estar en dos sitios al mismo tiempo.

Merece la pena mencionar que mi exprofesora, y muchos de estos “pedagogos del violín”, tenían un serio problema de adaptación a la realidad. Tenían metido entre ceja y ceja, que a cierta edad hay que tocar cierta obra.

En mi caso, yo “iba con retraso de unos meses” según el esquema mental soviético y mi profesora no paraba de repetírmelo. Hubo una vez que junto con un compañero ruso que tocaba el violonchelo, dimos un recital completo él y yo en la biblioteca del conservatorio. No tendríamos ni los 14 años cumplidos.

El tocaba una obra y yo otra, él una y yo otra, así todo el recital. De camino al conservatorio, con mi madre nos encontramos a mi exprofesora. Mi madre me veía agotado y le dijo a la profesora: ¿No piensa X que es demasiado repertorio para un niño tan pequeño?

A lo que ella respondió, en ruso: Marko ya va retrasado, a los 13 ya debería haber tocado Mendelsohn entero. Fin de la conversación.

Evidentemente, mi cuerpo no podía tolerar indefinidamente esas cantidades de repertorio y presión, por lo que cuando terminaba la educación primaria me sobrevino una crisis de dolor de espalda.

Cuando le mencionamos a la profesora que yo tenía dolores de espalda dijo: Claro, es culpa vuestra, porque la posición de sus manos son malas porque toca en orquestas cuando va a Eslovaquia y recibe mal ejemplo.

Menos admitir su responsabilidad, lo que sea.

En cualquiera de los casos, llegó un momento en el que no podía levantar los brazos para tocar debido al dolor. La vida me paró unas semanas. Mi ex-profesora: colérica. ¿parar unas semanas? ¿pero que estáis locos?

Mis padres deberían haberme sacado de allí, pero no ocurrió así.

En vez de eso, me apuntaron a Yoga.

El yoga me ayudó mucho a eliminar los dolores y ganar en flexibilidad, no lo niego, pero se trataba de un parche para un problema, no de una solución duradera. De hecho, para poder mantener un ritmo medianamente parecido al que llevaba con el violín tenía que ir dos o tres veces por semana a Yoga.

Es decir, comprimir un horario ya abarrotado aún más. Cuando cambié a secundaria, dado que el horario era intensivo hasta las 14:00 la situación cambió ligeramente. Aunque la cantidad de asignaturas en el conservatorio en grado medio no era tampoco pequeña.

Esta gente no tenía ninguna visión, ninguna reflexión. Nada les hacía frenar. No importa que el sistema no estuviese adaptado para tener el tiempo de alcanzar los objetivos que planteaban. Esos objetivos eran la prioridad número uno y punto.

A menudo dejé de estudiar y hacer cosas que había para el colegio para tocar el violín. De hecho, para ser sincero, para el colegio no estudiaba y no me fijaba objetivo alguno, pasaba con notables casi todas las asignaturas leyéndome el día antes del examen los contenidos.

Hablando de exámenes, libros y contenidos. ¡Qué decir del tema partituras! Mi profesora, como todos los demás, tenía por costumbre hacerme fotocopiar partituras rusas. Un dato curioso. En ruso violín se dice skrypka, que traducido de manera directa vendría a ser “instrumento que produce chirridos”. Y violinista se dice skrypac, que vendría a ser “el chirriador”.

La profesora me pasaba partituras en cirílica, que yo fotocopiaba y le devolvía, hasta que me empezó a acusar de que se las devolvía estropeadas, cosa que evidentemente no era cierta porque iba con mucho cuidado. No obstante desde ese momento hacia siempre dos copias, una para ella y otra para mí. Dinero que evidentemente puso mi familia por ella siempre.

En todos mis años de estudio soviético no utilicé una sola partitura original. Todo fotocopias. Una manera muy “curiosa” de sostener el mundo editorial musical y de bordear el tema derechos de autor.

Derechos, otro término que es inexistente en la estructura mental de este colectivo de “pedagogos” soviéticos del violín.

Entiendían únicamente la parte responsabilidades de la ecuación en el caso del alumno, no la de los derechos. Curiosamente, cuando se hablaba de ellos, la moneda se inviertía y entendían al revés: lo suyo eran los derechos y no las obligaciones.

La figura del profesor que portaban consigo estaba exageradamente sobredimensionada, en contraposición a lo que la figura del profesor representa, incluso aún hoy en día, en España. Más bien al contrario.

No es de extrañar que al llegar a Asturias se les dieran todas las facilidades a estos músicos y “pedagogos” del Este (acceso a vivienda, puestos en orquestas y cátedras en las instituciones educativas).

Eran unos cracks en marketing y propaganda. Arrojar esa imagen malhumorada, amenazadora y que hace entrar en vergüenza de antemano a todo el mundo, era psicológicamente muy efectivo para conseguir sus objetivos, justo lo contrario a lo que ocurría con los españoles que los acogieron, donde la gente es alegre, agradable y hospitalaria de primeras.

Gente siempre rauda a criticarse y autoanularse a sí misma y echarse las culpas de todo. Es decir, carne de cañon fácil para los comunistas.

Los políticos no tenían idea, solo se dejaron impresionar. Y en vez de extraer el posible conocimiento que pudiesen portar estos músicos haciendo que formasen a los profesores de la época, los enchufaron directamente a las instituciones, que quedaron conformadas durante décadas por un porcentaje enorme de extranjeros, desplazando estructuralmente a los docentes y músicos locales.

De hecho, de haberlo hecho así, pronto descubrirían que los músicos del Este portaban música, no conocimientos de pedagogía musical alguna.

Mi exprofesora era mujer y sus formas y modos eran distintos a los de los hombres. Sin embargo, durante muchos años, su aula estaba al lado de la de otro portador de la antorcha soviética, en este caso hombre.

En realidad no habría sido necesario hacer gran cosa: hubiese bastado acercarse con una grabadora a la puerta y grabar para tener pruebas fehacientes del trato que dispensaban a los alumnos: insultos, gritos, golpes sobre las mesas, burlas, insinuaciones, proposiciones indecentes.

El catálogo de anécdotas del que tengo constancia de primera mano es tal, que podría llenar muchas páginas escribiendo. Pero como se le hace a los niños, adolescentes y jóvenes, todo vale. Y lo llaman “educación”.

Debería el lector plantearse varias cuestiones: si en esa habitación del conservatorio no estuviesen jóvenes estudiantes con dificultad para defenderse del abuso y hacerse respetar, sino adultos de mediana edad, ¿cómo se catalogarían estas acciones?. ¿Soportaría un adulto esas presiones, esas demandas, exigencias sin proveer los métodos para aprender a tocar el violín? ¿Soportaría las burlas, el trato condescendiente, las humillaciones? o más bien ¿interpondría una demanda contra toda esta gente?.

Es que, no nos engañemos, lo que ahí ocurría no era educativo. La educación se basa en construir y la mayoría de lo que ahí ocurría era destructivo.

El orden era claro para esta gente y así “educaban”: lo primero es el violín, violín, violín, violín y más violín. Sólo violín.

Luego está la música, no tú música, su música. No tus ideas, las suyas. No tus arcos, los suyos. No tus digitaciones, las suyas.

Y por último, “vamos a hacer que esto parezca mínimamente humano y pongamos cara de humanos y de que realmente el humano nos importa.” (modo irónico off)

El problema es que hay silencio institucional. Porque a nuestra sociedad le parece bien educar a los humanos futuros mediante la violencia, la falta de respeto y todo lo descrito anteriormente. y además espera que de esa educación salgan ciudadanos ejemplares.

Y el tema llega hasta el propio alumnado, y lo sé por experiencia propia. Llega un momento en el que debido a lo vivido y al estado de fascinación por el que nos daña, el famoso síndrome de Estocolmo, llegamos a decir barbaridades como: Sí, que me meta caña, que así aprendo.

El cambio que no ocurriría durante mis años de estudio es la inversión de esos tres elementos y su colocación en el orden correcto: HUMANIDAD – MUSICA – VIOLIN

Aquí, con 16 años:

Continua en la parte VII…

Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín V.

En este vídeo, salgo tocando con 15 años el concierto nº2 de wieniawski entero y de memoria. Tenía algo de fiebre y aún así salí a tocar. En vez de descansar y cuidar del cuerpo que me permitía tocar el violín ahí estaba yo, dando lo que no tenía.

Lo recuerdo como el peor de mis conciertos. En un determinado momento del tercer movimiento me quedé bloqueado y lo pasé muy mal.

Son las 3:47 de la madrugada. Tengo 31 años en estos momentos, más del doble que entonces y acabo de tener una pesadilla que finalizó con un breve episodio de terror nocturno.

En mi sueño estaba en una prisión de visita como un hombre libre, hablando con un carcelero. Llevaba un libro en las manos para entregárselo a un alumno al que venía a visitar que estaba preso.

Reíamos con el  carcelero por el hecho de que en el libro habían escrito tacos escondidos en encadenaciones extrañas de palabras que hacían gracia.

Al entregarle el libro a mi alumno, todo parecía ir bien, hasta que se apagaron las luces y quedó solo una leve luz lateral y mi alumno empezó a tener pánico.

Parece que le daba miedo mi rostro iluminado en la oscuridad. Y a partir de ahí lo que se sucede a continuación lo conozco muy bien, lo he vivido cientos de veces en mi vida: un intenso escalofrío recorre mi cuerpo de arriba a abajo como si de una ola de terror helado se tratase y me despierto sobresaltado.

Para mi horror, al despertarme descubro que no me puedo mover. Estoy despierto, pero mi cuerpo no responde a mi voluntad. Aunque esta noche, ese estado de no tener control de mi cuerpo ha durado menos de 10 segundos. El tiempo que me ha llevado darme cuenta de que ya no soy pequeño e indefenso y que puedo luchar contra quien haga falta por mi vida y mi integridad. He dicho en mi mente: pero me cago en la puta, no va a ser el terror el que me pare. Y finalmente he conseguido mover mi cuerpo.

Hacía muchos meses que no tenía una pesadilla con un episodio de terror nocturno. Sin duda debe estar conectado con el hecho de que ayer me pasé 4 horas escribiendo sin parar estos relatos, rememorando y acabé con una buena sudada de los nervios que aún me genera todo lo que escribo.

Cuando era pequeño, estos episodios de terror nocturno eran una regularidad en mi vida y además eran muy largos. Formaba parte de mi vida, como lo hace el desayunar por la mañana. Me despertaba helado del miedo y permanecía en ese estado de no poder mover el cuerpo mucho rato. Muy angustioso.

Cuando finalmente terminaba el episodio de terror nocturno me quedaba inmediatamente dormido de nuevo de la extenuación. Amanecía sudado.

Estos episodios comenzaron tras empezar mis clases de violín y continuaron hasta que decidí salirme de la “rueda de hamster” institucional que representan los estudios reglados de violín, tras acumular 6 años de estudios superiores en 3 grados superiores diferentes, en Oviedo, Praga y Barcelona.

Desde ese momento desaparecieron los episodios regulares y se espaciaron enormemente en el tiempo. Ahora me debe ocurrir ya solo unas 5 veces al año, o incluso menos diría.

Es la primera vez que el contenido del sueño ha cambiado en años. Creo que para mejor. La cárcel, el libro, las risas, el alumno que ahora ya no soy yo… en fín. Da igual.

Sé que el sueño ha cambiado, porque las otras tres versiones de la pesadilla, las de mi infancia y adolescencia, las he vivido tantísimas veces que las conozco profundamente de memoria.

En un caso todo va bien en mi sueño que puede ser de la índole que sea, hasta que de golpe viene la ola de frio glacial por la espalda a la vez que oigo la voz de una mujer que pronuncia mi nombre y me despierto aterrorizado no pudiendo mover el cuerpo.

En un segundo caso estoy de pie, en mitad de una cámara penal vagamente iluminada, de forma circular con gradas, en las que hay figuras encapuchadas que me miran a las que no veo los rostros y que desprenden maldad e injusticia. Y también me acabo despertando aterrorizado sin poder mover el cuerpo.

Y en un último caso, el más numeroso durante mi vida, todo marcha bien en el sueño, hasta que de repente siento el hielo en el cuerpo y siento como una figura oscura situada en el marco de una puerta me aspira hacia ella, hacia su oscuridad sin que yo pueda hacer nada para evitarlo. Nuevamente me despertaré aterrorizado sin poder mover el cuerpo.

Éste último aún tiene capacidad de hacerme estremecer al pensarlo. Durante mi infancia solamente tuve un período de insomnio, que duró unas cuantas semanas. Desconozco si estaba o no conectado con el violín, poco importa.

En cualquier caso, no tenía insomnio porque era imposible que mi cuerpo se permitiese el lujo de no dormir. Toda mi infancia llevé una agenda de adulto estresado.

Una de las cosas que la escuela soviética de violín desconoce es el término cansancio. No figura en sus diccionarios.

Las clases eran un no parar de tocar, repetir, repetir, repetir. Entender por qué repetía no hacia falta, bastaba con repetir e intuir en los gritos qué es lo que se esperaba de mí.

Una de las razones por las que a menudo he discutido al teléfono con mi madre al respecto de este tema, es que ella me decía siempre: Marko, tu profesora te dedicaba mucho tiempo, te alargaba las clases y todo lo que hizo lo hizo con buena intención.

No es mentira que mi profesora me alargase las clases, desconozco si había o no buena intención. Lo que sí me queda claro que es lo que en la acción llevaba a cabo esa señora y los “pedagogos del violín” que eran como ella: abuso y maltrato en un contexto educativo.

Extenuar niños, niñas, adolescentes y jóvenes aprendices de violinista a base de repetir sin entender no sabría bien cómo caracterizarlo educativamente, o quizás sí. Pero voy a mantener el mismo tono que he tenido desde el principio.

La razón por la que la señora alargaba las clases la desconozco, no me puedo meter en su mente ni quiero. Pero lo que está claro es que yo era una de sus piezas de ajedrez y su imagen dependía de mi rendimiento y del de otros alumnos.

Si fuese por amor al arte y la educación que esta señora me diese las clases hubiese sido respetuosa y pedagógica conmigo, adaptativa en los precios y no me hubiese bajado las notas cuando durante una temporada no iba a clases particulares.

Yo más bien pienso, que esa manera neurótica de repetir compulsivamente (que en eso consistía gran parte del proceso de estudio soviético del violín) lo que daba lugar a que las clases se alargasen era un subproducto del trauma. A fin de cuentas cuando el profesor está ahí atosigando al alumno en vez de explicarle desde la calma, el mismo profesor debe entrar en algún estado regresivo.

Repiten lo mismo que vivieron. Y respondían bajo la fórmula que lo hacen aquellos que sufrieron trauma y no quieren salir de éste por la vía de la sanación: como a mí me jodieron la vida, ahora yo joderé la vida a todo el mundo.

Elijen repetir el mal, en vez de hacer el bien deteniendo los abusos.

Recuerdo con claridad los malos ratos que pasaba cuando llegaba con unos minutos de antelación a las clases de violín del conservatorio.

No sé los demás, pero yo desarrollé un vínculo especial con mis compañeros y compañeras a los que veía pasar por cosas parecidas a mí. Eran momentos en los que me costaba mantener mi síndrome de Estocolmo intacto.

Recuerdo compañeras de clase humilladas por su manera de vestir, atosigadas con argumentos que nada tienen que ver con tocar el violín, como acusaciones de que lo único que les importa es irse de fiesta y chorradas varias.

Amigos que sus profesores llamaban a su casa para preguntar que donde estaban los alumnos, controlando sus vidas. Mi exprofesora censuraba toda actividad que no fuese violín. Si tocaba música celta que me gustaba, bronca. Si tocaba en orquestas, bronca. Si hacía música de cámara por mi cuenta, bronca.

En realidad no tenían ni tienen vida esta gente. La confirmación de que esto es así es que a la que alguno de estos individuos de mentalidad musical sovietizada caía gravemente enfermo era el fin del mundo.

No es de extrañar, si tu vida gira neuróticamente solo entorno a un trozo de madera con cuatro cuerdas y no hay nada más…

De hecho este era un aspecto velado de durísima critica de los soviéticos a los españoles. Lo sé porque les podía oír hablar en su idioma y entender lo que decían. Criticaban que los españoles hiciesen vida más allá del violín, más allá del instrumento que tocasen. Los ponían por debajo a causa de eso.

Se confundían una vez más y si se me permite la valoración y especulación personal, pienso que en el fondo tenían envidia de que los españoles supiesen tener una vida más allá del instrumento y disfrutar. Es algo que debían anhelar muy profundamente en su fuero interno, los “pedagogos” soviéticos de los que hablo deben tener un anhelo desesperado y reprimido de vivir y disfrutar.

De hecho, el término disfrutar, es otro que no aparece en la mente sectaria de este colectivo. Daría igual que no aparezca si no fuese porque es un colectivo que ha “educado” a varias generaciones de violinistas.

Llegar a clase cuando la profesora está gritando a un alumno porque desafina, sin detenerse a explicarle por qué desafina y cómo ha de hacer para corregir y dejar de desafinar era uno de esos momentos anti-disfrutar.

Lo único que importaba era dejar claro que, como gritaría mi exprofesora: no imposibleeeeeeeee que tu toooooooooooca chicoooooooooooo. Es la versión soviética de lo haces fatal, hablado en un español tipo Yoda, pero sin sabiduría ni respaldo del lado luminoso de la fuerza.

Tratar con condescendencia y paternalismo no es solo algo que ocurriese en la dinámica entre profesor y alumno en clase, sino que era y es una seña de identidad de todo el colectivo.

De pequeño (y se puede apreciar en mi expresión corporal en las imágenes de los vídeos) internalicé esta fachada arrogante, dura y superior. De hecho lo pasaba mal, porque tenía ganas de conectar más con mis compañeros y compañeras, pero debido a esta fachada que internalicé no supe cómo hacerlo y a menudo mis acciones eran desconsideradas o arrogantes respecto del resto, con lo que cosechaba un merecido rechazo, que en su época me provocaba mucha tristeza.

El lector se puede preguntar ¿en qué consistía el método de enseñanza de la escuela rusa-soviética de violín? yo se lo contesto: en repetir compulsivamente en casa sin entender, hasta que salga. Y una vez que salga, sin entender por qué ha salido,  levantar bien alta la cabeza y caminar pensándose por encima de los demás. Porque tocas el violín, eres violinista y alumno de X…

Continúa en la parte VI…

Mis experiencias “educativas” con la escuela rusa-soviética de violín IV.

¡Relajadeeeeeeee dedo gordoooooo!” gritaba mi exprofesora soviética de violín mientras se dedicaba a pinchar enérgicamente mi pulgar con la punta de un lápiz afilado intentado que mi mano adoptase la postura que ella imaginaba como buena.

¿Cómo llamaríamos a esto en términos educativos? ¿Podríamos llamarlo educación? ¿Podríamos llamarlo respeto? ¿Podríamos llamarlo abuso?

Relajar el pulgar del alumno pinchándole con violencia con un lápiz mientras se le grita no parece el mejor método educativo. Pero no es que no sea el mejor método educativo, es que constituye un abuso y maltrato en toda regla.

Mi exprofesora era incapaz de resolver los problemas, porque veía el problema, pero ni de lejos la solución. No sabía sencillamente. Y ante el enorme bochorno interior no hacía sino proyectar su frustración por su falta de profesionalidad sobre sus alumnos, en concreto en este caso sobre mí.

Al igual que un mal fontanero que llega a casa, ve que tienes humedades que provienen de algún lado, pero no tiene ni idea de donde y hace una chapuza “pa que” parezca que “no pasa na” y resulta que al cabo de poco tiempo el mismo problema reaparece. Salvo que con el fontanero puedes reclamar.

No fueron pocas las clases en las que no toqué una sola nota y la señora se pasaba la clase retorciéndome el brazo, la muñeca y la mano intentando demostrarme a mí­ y/o a mi madre que en realidad todo era culpa mía porque mi brazo no giraba lo suficiente.

No pudiendo resolver el problema por la vía de la violencia o de culpar a mi cuerpo, encontró la manera de echarle la culpa a mi madre y a mi tía, diciendo que era debido a que cuando iba de visita a Eslovaquia tocaba con la orquesta del conservatorio de mi ciudad natal y allá me inculcaban malos hábitos. Y un sinfín de excusas como estas.

Esta señora, como muchos de estos mal-llamados profesores, tenían serios problemas de neurosis. Siempre estaban focalizados sobre algún aspecto que convertían en el eje de la clase, porque en realidad no sabían dar clase.

En 13 años no ví una sola vez en concierto a mi exprofesora, así como nunca la ví interpretar aunque fuese para mí  en el contexto de una clase individual alguna de las obras que me mandaba tocar.

Lo único que conseguí alcanzar a oír alguna vez, fue como tocaba en su casa mientras apuntaba digitaciones en una partitura y no voy a entrar ni a calificar.

¡Ay las digitaciones y los arcos! elementos sagrados a los que rendir culto en el altar de la sinrazón. Y es que, las digitaciones y los arcos con los que me hacía tocar esta señora no eran ni medio normales.

A la que podía poner un pasaje en posiciones altas, lo hacía. A la que podía hacer legatos casi imposibles, lo hacía. Independientemente de mis necesidades o las de algún otro alumno, independientemente de lo que eso supusiera para cualquiera de nosotros.

De hecho, la política era: esto es lo que tu tocas, Y punto. No se habla, no se discute. No enseñaba en vivo cómo hacerlo ni explicaba nada en realidad, solamente decía lo que no estaba bien.

Que curioso que es que en realidad, mientras escribo estos relatos, que se llevan gestando años en mi interior, estoy escuchando las grabaciones de las audiciones que toqué y oigo esas digitaciones y arcos locos.

Hablemos de aspectos prácticos de las clases y lo que ocurría en mi interior cuando estas se llevaban a cabo:

Debido al profundo síndrome de Estocolmo que desarrollé, estaba impedido de ver la realidad de lo que acontecía.

Las clases no contenían explicaciones, no contenían estrategias, no contenían análisis, no contenían nada en realidad. Eran momentos en los que desde el principio hasta el final lo pasaba tocando de arriba a abajo las piezas y la señora, decía o gritaba, según fuese su estado de animo lo que iba mal. Eso, y el mecanismo por el que los soviéticos conseguían sus “éxitos”, método que ni ellos entendían, pero del cual eran esclavos: la disociación psicológica.

Paso a explicar esto en detalle:

La inmensa mayoría de violinistas solistas de esta “escuela” son pésimos profesores, fundamentalmente porque no saben explicar lo que hacen ni como lo hacen.

Y no saben hacerlo, debido a la disociación. Porque no han aprendido a tocar el violín mediante el uso de la razón, sino mediante el uso de la disociación.

Cuando se suben al escenario, entran en un estado de consciencia alterado llamado disociación, en el que, fundamentalmente se salen del cuerpo, ya sea total o parcialmente y el cuerpo pasa a operar en modo automático, su voluntad no lo controla.

Cuando subía al escenario y estaba allí en medio era como si alguien pulsase un botón “play” y todo se ponía en marcha, me ponía a tocar el violín, yo veía todo pasar, como si no fuera conmigo el asunto. Yo estaba siendo movido por una fuerza que no era yo, sencillamente aquello se tocaba y listo.

Me llevó muchos años comenzar a entender estas dinámicas psicológicas.

Estos “profesores” no te preguntaban por tu sentir, no te hacían pensar, no te preguntaban que tal, no querían saber nada de tí, solo presionaban, gritándote sus fraseos, machacando sobre tí sus ideas musicales, sin entrar en racionalizarlas y explicar, solo mediante arrebatos emocionales, altas descargas de emociones y terror que intimidaba hasta la extenuación.

Eso provocaba altos niveles de adrenalina, cortisol, en definitiva un altísimo estrés durante el tiempo de la clase, que me hacía entrar en un modo supervivencia especial, en el que la mente se escinde, se rompe, se fragmenta.

En la parte que queda fragmentada durante el período de fuerte estrés puede entonces escribirse perfectamente el modelo de fraseo introducido a presión por el profesor soviético de turno. Es, en definitiva una operativa muy parecida al proyecto MK-Ultra por el que se crean humanos obedientes y serviciales mediante la disociación.

La única salvedad entre ambos, es que MK-Ultra, era un proyecto militar malvado deliberado de los yanquis, que pretendía estudiar cómo doblegar y destruir la voluntad humana, mientras que la acción de estos mal llamados profesores era plenamente inconsciente.

Sí que es cierto que los programas de adoctrinamiento y propaganda soviéticos eran muy similares a los MK-Ultra estadounidenses, pues buscaban supremacía del colectivo sobre el individuo y estaban diseñados con la maldad en su adn, pero estos profesores repetían aquello que vivieron de manera irreflexiva, es decir inconscientemente o al menos eso creo yo de la mayoría de ellos.

No compartí muchas conversaciones sobre el pasado con mi exprofesora, pero cuando alguna vez me hablaba de su pasado como estudiante me citaba que de las clases de uno de los profesores más reputados llamado Yuri Yankelevich, los atriles salían volando de la clase por la puerta, para acto seguido ser acompañados por alumnos arrojados por los aires.

No me quiero desviar mucho de la disociación. El tema es que estando en ese estado de disociación alguien externo puede escribir material musical en tu interior. Los fraseos que realizo en los vídeos que voy mostrando al final de los relatos, no son míos, son de mi profesora, es material programado mediante disociación.

Yo no sentía la música así. De hecho si hubiese podido hacerla a mi manera muchas cosas las haría de otra forma.

Son fraseos activados en estado de disociación. Son, si el lector lo prefiere “clones” de las ideas mentales musicales del profesor ejecutados en “piloto automático”.

Dentro del Marko que veis en los vídeos hay perplejidad, miedo y pánico independientemente de que en el exterior aparezca un niño o adolescente seguro de sí mismo, es la parte fragmentada o disociada que ha tomado el control.

Estoy ahí, bloqueado en realidad, porque en realidad he perdido el control de mi cuerpo, me percibo a mí mismo, pero aunque quisiese parar no puedo.

Ese fenómeno durará el tiempo que dure mi intervención musical en público.

Mi voluntad está bloqueada, porque es el programa de supervivencia el que ha tomado el control y la parte fragmentada de mi psique en la que se encuentra la música metida a presión por parte de estos chalados, es la que está siendo reproducida de principio a fín.

Sé que es complejo de entender, pero en realidad es un mecanismo más bien simple: dado que la presión, dolor y malestar es insoportable, pero no puedo escapar, no me queda otra que salirme mentalmente de mi cuerpo bien lejos, donde no me puedan dañar. El problema es que saliéndome automáticamente del cuerpo ocurren dos fenómenos. Uno es que dejo el cuerpo libre para ser usado por quien quiera como quiera (muy al estilo de la sumisión de las víctimas de abuso sexual) y 2, disociándome pierdo control de mi cuerpo y de lo que en él se escribe y programa.

De hecho, el éxito de esta perversa arma de programación mental consiste en una buena disociación. Es decir, que el humano consciente no tome control de la situación por lo que hay que mantenerle aterrorizado en todo momento) y que deje a la parte fragmentada llegar hasta el final en estado de disociación.

Ahí, en mitad del escenario, aunque quisiese cambiar algo no puedo, mi voluntad no ejerce control alguno sobre mi cuerpo. Y un apunte horrible a constatar: la gente me aplaudirá al final de mi estado disociado, cuanto más disociado, más aplaudirán, porque más fielmente habrá sido ejecutado el programa musical metido a presión. Evidentemente el público es completamente desconocedor de la realidad.

La parte horrible de ello es que ese mecanismo disociado quedará sellado mediante un perversa asociación mental: la gente me aplaude, me quieren, les gusto así, les gusto disociado, les gusto en ausencia de control de mi cuerpo. Si quiero que me quieran, que me aprecien, esto es lo que tengo que hacer.

Los profesores soviéticos llevaban a cabo estas programaciones de manera regular y sistemática. En eso consistía y consiste “su método ruso” su “escuela rusa de violín”. Lejos de una colaboración consciente que el lector se puede imaginar: un maestro haciendo reflexionar a su alumno mientras discuten y tocan el violín y progresan hacia la perfección con el violín.

Continúa en la parte V…